EL LAMENTO DE LOS MUROS
23.11.2017
Hoy, tercer jueves de noviembre, se celebra el Día Mundial de la Filosofía, de acuerdo a la Organización de las Naciones Unidas para la Educación y la Cultura, UNESCO, que instituyó esta fecha, entre otros objetivos, para alentar el análisis, la investigación y los estudios filosóficos sobre los grandes problemas contemporáneos para responder mejor a los desafíos con que se enfrenta hoy en día la humanidad; y sensibilizar a la opinión pública sobre la importancia de la filosofía y su utilización crítica en las elecciones que plantean a múltiples sociedades los efectos de la mundialización o la incorporación a la modernidad.
Cómo preámbulo a tan importante acontecimiento, anoche tuve el privilegio de participar en el espacio “Territorio de ideas”, impulsado por el Centro de la Cultura Plurinacional, CCP, y que tuvo para la ocasión la feliz idea de provocar la abstracción en torno al tema de la Filosofía de las Calles.
Sentado al lado de los licenciados en filosofía Carol Michelle Gainsborg Rivas y Jorge Luna Ortuño, nuestro anfitrión, compartí mis reflexiones y hallazgos en torno al movimiento grafitero que se registró a fines de la década de los noventa en la capital cruceña.
El grafiti en Santa Cruz es de larga data. Las expresiones en los muros, que para muchos es apenas un atentado a la propiedad pública y privada o una falta de respeto a las buenas costumbres, es en realidad un acto que cuenta con todos los componentes de un proceso comunicacional que muy pocos han logrado interpretar.
Desde hace muchos años, el grafiti expresa la cosmovisión de sus autores, su percepción y mediación de la realidad, y también sus proyecciones existenciales. Los temas que abordan son diversos, pero la lectura que se hace de ellos es superficial, pocos conocen su discurso, quizás por la falta de una buena herramienta que permita descubrir qué hay detrás de nombres, corazones, símbolos, garabatos, manos y mil formas más plasmadas bajo el anonimato de la noche.
El lamento de los muros (Fundación Nova, 2010), fue justamente un esfuerzo por posibilitar una lectura integral del grafiti en Santa Cruz. El documento se inicia con una explicación etimológica, luego repasa sucintamente la historia de este fenómeno, desde sus primeros antecedentes (pinturas rupestres o jeroglíficos egipcios), hasta sus momentos más importantes en el contexto internacional y, por supuesto, cruceño.
¿Cuáles fueron esos hitos locales?, varios pero casi todos invisibles para los cronistas de coyunturas. El último de ellos se registró en 1998 (treinta años después del mítico mayo francés), cuando las paredes del casco viejo se llenaron de creativos e irreverentes mensajes que apuntaban a todas partes.
Entre junio y agosto de ese año, los medios de comunicación se ocuparon ampliamente del asunto. En las columnas de opinión hasta se llegó a librar un debate entre quienes estaban a favor del grafiti y quienes estaban en contra del garabato, más pocos plantearon la necesidad de establecer las causas sociales que desencadenaron ese “boom” grafitero. Cámara fotográfica y libreta de apuntes en mano, salí a buscar explicaciones y también a ver qué ocurría en las paredes de la periferia.
Para una lectura equilibrada, tomé muestras en el Plan Tres Mil, Villa Primero de Mayo, Equipetrol, Sirari, Guapay y en el casco viejo. La idea fue hacer un análisis comparativo para detectar el mensaje del grafiti de los barrios periféricos, barrios residenciales y del centro de la ciudad, empleando para ello un instrumento basado en las teorías del Desarrollo a Escala Humana.
El hallazgo fue una verdadera llamada de alerta. El intento de una lectura del grafiti, en una dimensión más integral que la que se hace tradicionalmente, derivó en el descubrimiento de un desesperado grito de auxilio de sus autores: los jóvenes de la periferia y los de las zonas acomodadas, cerraron el milenio pidiendo más atención, más afecto, ser tomados en cuenta por la comunidad y, sobre todo, más oportunidades para trascender, que sus vidas tengan sentido y sus días, contenido. Sin embargo, nadie escuchó.
Los muchachos solo lograron satisfacer muchas de esas necesidades afectivas en pandillas, barras bravas, comparsas, grupos irregulares en los que sí valían, sí contaban. Esos incipientes grupos fueron la semilla de las grandes organizaciones que hoy tienen bajo su control a distritos enteros en la capital oriental.
Mientras tanto, en el centro de la ciudad, cuando las redes sociales en Internet aún se encontraban en fase germinal, las paredes fueron los espacios propicios para que muchos jóvenes puedan de alguna manera participar de la agenda política, pues a través de ellas expresaban sus intereses y sus necesidades humanas fundamentales no atendidas; pero también cuestionaban ya entonces la corrupción en la justicia, la inequidad social, la inversión de valores, la falacia del “Santa Cruz dream”. Aquí es donde la filosofía hace su aporte: el hombre como objeto central de su propia meditación.
De la evaluación del entorno y del mismo “yo” que toma conciencia del contexto, el sujeto no sale muy bien parado, denuncia que “las cosas no están bien”: niños desnutridos, sistema financiero corrupto (eran los tiempos de los créditos vinculados y de los grandes desfalcos), jueces violadores (caso Higa), la banalidad de una sociedad que trata de proyectar una imagen de progreso pero que esconde hipócritamente su pobreza material y espiritual. Lamentablemente, la clase dominante de entonces no interpretó el mensaje de los jóvenes y, por el contrario, lo censuró y persiguió a los grafiteros.
Las prohibiciones no han servido de nada, ni lo harán. Hoy los autores de esas pintadas, organizados en colectivos ciudadanos, dejan sus denuncias con sus nombres y hasta los acompañan con sus fotos en los muros de Facebook, una avenida donde nadie los puede atrapar. El problema es que el receptor de muchos de estos gritos sigue sin escuchar. Los muros se continúan lamentando.











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